HISOPADA

Desconfianza. Del otro, de la otra, de les otres. Como si una no estuviera ahí por lo mismo, como si una fuera una excepción, o no debiera estar ahí con todas esas personas tal vez contagiadas. ¿Esas ojeras serán porque tiene? ¿Estarían así todos en la fila aguantando parados si estuvieran realmente enfermos? Estas líneas amarillas ya medio despintadas en la vereda no están a metro y medio; para mí que están a menos. Esa chica con el barbijo animal print medio finito está demasiado cerca. Igual, no la miro mucho, porque está como despistada y tal vez se acerque más a preguntarme algo.“Tiene que hisoparse”. Con esa sentencia, el médico clínico al que acudí un lunes a la mañana a consultar por una tos que no me había dejado dormir me metió de un empujón en la bolsa común. A mí, que me cuido. A mí, que uso el barbijo más científicamente probado. A mí, que no beso, que no abrazo, que no me junto. A mí que ni siquiera tenía fiebre! No sabía ni dónde ir, ni cómo hacer el trámite, ni nada. Porque no había querido saber. Porque no.

El puesto de salud es una casa grande en una esquina en Rivadavia. Las personas que esperan hisoparse esa mañana, pasadas las 10, hacemos una fila en la vereda. No somos más de 10. En el portón de entrada de la casa una chica cubierta de pies a cabeza con esa ropa especial de tela finita, parecida a la que protege a los arbolitos de las heladas, pero esta vez medio celeste, solamente nos va diciendo en qué momento entrar, de a uno o una, a lo que sería el ambiente principal de la casa. Pero no entramos. Desde la puerta, desde la alfombrita mojada que no sabemos si nos va a desteñir las suelas, desde atrás de la cinta de peligro, le gritamos a través del barbijo los datos a un muchacho  que, con una compu y un escritorio, también todo cubierto, y hablando mal detrás del barbijo, nos pide los datos: nombre y apellido, dni, domicilio (eso es complicado desde mi barbijo de super capas, el nombre de mi calle es largo y complicado) y síntomas. Tos, dolor de garganta, dolor de cuerpo. No, fiebre no. No sé por qué estoy aquí si no tengo fiebre.

Escuché los síntomas del señor de barbijo simil cuero que está delante en la fila. Los de él son de manual. Me demoro un poquito para no quedar tan cerca. La chica del barbijo animal print tiene otros síntomas, más raros, pero también más que yo. Nos dan un número y seguimos afuera, yendo por el costado de la casa. Hay que entrar a lo que sería la cocina ampliada de esa casa. En el fondo, grande, hay sillas blancas de plástico puestas alrededor, contra la pared, separadas por lo que –insisto- es menos de un metro y medio. Algunas están desocupadas. Hay personas también paradas, apoyadas en paredes y árboles, o solo paradas en el medio de ese fondo. Hablan por celular. Dicen sí, aquí estoy esperando, ya me hisoparon. Sí, me lo dan enseguida al resultado. No, no duele. Los que estamos para entrar a la cocina a ser hisopados vamos por una veredita, pero quedamos cerca de los ya hisopados, que pareciera que contagian más porque ya están esperando resultado.

Ahí afuera, mientras, hay que mandar un whatsapp a un número que está en cartelitos pegados en las paredes. Nombre, apellido y dni, nada más. Te mandan el pdf con el resultado hoy mismo, pero antes te lo van a informar. ¿cómo? ¿dónde? ¿cuándo? Ahora, cierto, ahora, perdón. Aquí, cierto, aquí, perdón. Cierto que lo dijo, perdón. También está en los cartelitos, cierto, perdón.

En la cocina hay tres sillas, una para un lado, otra para otro lado, otra para el otro lado. Y las chicas del ropaje antiheladas antivirus antitodo, van hisopando a quienes nos sentamos. “Muy bien! Qué valiente!” me dijo porque parece que no me hice tanto para atrás como una señora que estaba en la silla de al lado pero mirando para el otro lado. Yo la vi y por eso me esforcé. Tal vez algo se puede hacer para que el resultado sea mejor. O se lo dicen a todes, pero sonó muy calentito, muy tengo cinco años, voy al jardín, no me quiero quedar pero hoy no lloré.

Salgo al fondo. No me pienso sentar en esas sillas vacías. Me voy a una pared solitaria y me apoyo. Ya me van a dar el resultado. Por un portón que daba desde ese fondo a la callecita del costado de la esquina de la casa-centro de salud una señora entra y denuncia ante otra chica cubierta de tela antiheladas: “ese hombre al que le ha dado positivo” ha tocado “todo acá en el portón”. La chica promete desinfectar, va y busca un chuf chuf como los que tenemos en las casas, nada muy especial. Dice algo así como “bueno si toda esta es área contaminada”. Se escuchó y nos separamos todes un poco más de los que están cerca. Le pone alcohol o lo que sea al portón, y moja un cartel escrito a mano que dice que por ese portón hay que entrar con los animales para turnos con el veterinario. Pero estamos nosotres. Sin mascotas, sin veterinarios, sin la vida normal del cartelito. De ese y de otros que ya sacaron para poner los de uso de tapaboca, cómo lavarse las manos, a qué distancia ponerse o lo que ya no se hace en esa casa-centro de salud.

Barbijo simil cuero mira al piso y asiente mientras la chica-enfermera-cubierta ahtiheladas, con una tablet en la mano le dice que se tiene que aislar, que no vaya más a trabajar, que el hijo no vaya a la escuela, que no duerma con la esposa en la misma pieza. Los demás nos damos cuenta que le dio positivo. Están los dos parados en una parte del patio fondo casa centro de salud. Separados pero no tanto de los demás que, sin mirar mucho para disimular, vamos escuchando todo.

Y así. Salen de la cocina y llaman por el número (tengo re claro el mío, me acordé de Fito, soy del 63, soy el 63, y erradiqué de mi cabeza la idea de terminar con el resultado de otra persona). Pero a veces no van en orden. Símil cuero era 62 y recibió las instrucciones de su vida como positivo antes de barbijo a lunares qu era 61. A ella, al rato le volvieron a preguntar los síntomas. Fiebre (ella sí), dolor de garganta. ¿contacto estrecho? “Contacto estrecho de contacto estrecho de contacto”. “Cuentemé” dijo entonces, con su tablet en la mano la chica enfermera cubierta antiheladas maestra jardinera. “Tengo una amiga. El padre de mi amiga está en pareja con una señora que tiene una compañera de trabajo que dio positivo”. La chica no anota eso en la tablet, solo marca un tilde o eso parece (tampoco se puede estar mirando tanto a distancia y disimulando el interés). Y manda a 61 barbijo lunares a hisoparse de nuevo, ahí mismo, ahora mismo. El resultado de ese otro hisopado que se va a llamar PCR, va a estar en una web en dos días. Entra a que la hisopen de nuevo. Hace cara de no tan valiente. Y qué decir de barbijo animal print, que va sumando síntomas cada vez que le preguntan. Encima ella es 64 y ya le están preguntando.

63. Voy. Al veredín. Tos, dolor de garganta y de cuerpo, no fiebre. No, ningún contacto estrecho. “Bueno, le dio negativo, pero tiene que repetir porque tiene síntomas compatibles”. Otra vez la silla, otra vez el hisopo. Esta vez sin felicitación. Salgo. Barbijo animal print sigue con la chica. Medio que llora pero no se ve bien. Dice que ya se imaginaba, que ya sabe, que se va a aislar. Y se va por el portón, con cuidado de no tocar nada. Me voy detrás, más entera, con medio alivio que llega ahí nomás al whatsapp, al menos hasta dentro de dos días.

Escribo esto a un año de la declaración de cuarentena en todo el país y el aniversario me hace dar ganas de llorar. El ejercicio de escribir, para combatir el olvido, una experiencia nada grave, nada mortal, nada dolorosa, me hace al fin lagrimear. Con vergüenza por todes los que la pasaron realmente mal.

Cecilia Yornet, 20-3-21