SOBREDOSIS DE TV

20 de marzo de 2020. El presidente Alberto Fernández anuncia el aislamiento social obligatorio en la Argentina y mientras trato de digerir una noticia que cambiará el rumbo para siempre, un escalofrío corre por mi cuerpo. Desde las 00 horas de ese viernes, ya no tengo la libertad para circular a cualquier hora y con cualquier motivo, una libertad que aquellos que nacimos en democracia muchas veces damos por sentada. Esta vez la limitación es para cuidarnos, me digo para tranquilizarme, mientras trato de adaptarme al nuevo mundo que el Coronavirus nos impuso.

Pero más allá de los pensamientos que repito como mantras para calmar mi ansiedad, me doy cuenta de la nueva pulsión que me acompañará durante los próximos días: no puedo despegarme del televisor para tratar de absorber la mayor cantidad de noticias, comentarios y proyecciones sobre el tema que eclipsó a todos los que alguna vez nos parecieron importantes. El nuevo virus es TODO y los canales empiezan a dar cuenta de una realidad que parece salida de una película de ciencia ficción.

Ya no son solo los noticieros. Los programas de espectáculos cambian el escándalo por los métodos de prevención y los de juegos y entretenimiento ceden su espacio a los periodísticos, con más y más información. Cambiar de canal de poco sirve, cuando en los de películas encontrás algunas como “Contagio” o “Epidemia”, que solo logran recordarte que no hay escapatoria, en un universo de pantallas que asusta más que el de Black Mirror.

Cuando logro salir del magnetismo del televisor, salgo a comprar comida y tratar de comprar el diario. Acabo de escuchar que la prensa gráfica seguirá circulando, al ser considerada servicio esencial, y quiero ver qué otras miradas ofrece el viejo y querido papel. Pero ese día los quioscos de revistas están cerrados y la ciudad parece un desierto con unos pocos zombies, como yo, dando vueltas. No hay nada mejor que casa, digo mientras pego la vuelta al living donde me espera la TV para continuar con su incesante bombardeo.

Pasan los días y cuando los anuncios aflojan y los análisis se vuelven circulares, WhatsApp empieza a hacer su magia, con miles de cadenas alertando sobre riesgos de todo tipo y soluciones increíbles. ¿Qué hacer ante este caos que se volvió la información? -Mejor apagá el televisor- me dicen mis amigas, que ahora solo se refugian en los memes para intentar engañar al miedo. Pero no puedo con mi genio. La voracidad por entender el qué, el cómo y el hasta cuándo me vuelve a atraer a la TV como un imán, mientras alterno con lecturas digitales para buscar en lo escrito alguna clave, alguna salida al laberinto.

¿Pero qué salida puedo encontrar si nadie tiene las respuestas y el único remedio es esperar que algún día aparezca la vacuna? ¿Qué huecos puedo hallar en ese monolito informativo, que ahora llegó hasta la publicidad y a los influencers con los que antes me divertía y hoy solo me recuerdan que debo quedarme en casa? ¿Qué recreos puedo encontrar si yo misma soy periodista y el propio medio en el que trabajo atraviesa una transformación de rutinas y estructuras cada semana, mientras avanza la pandemia?

Sin embargo las semanas pasan y aunque la catarata de noticias continúa, finalmente mi interés por ellas decae y estoy más cerca de los videos de cocina que circulan en las redes que de saber cuál será el próximo avance en este sinuoso camino. “No se puede sostener un nivel tan alto de atención tanto tiempo” me digo, ahora que solo trato de consumir la información básica para saber cuándo podré salir y qué pasará con todos los servicios.

Cerca del invierno las cosas parecen ir mejor en San Juan hasta que el episodio del avión sanitario pone de cabeza a la provincia y se apodera de la atención mediática. Más tarde, comienzan a habilitar algunas actividades hasta que volvemos a Fase 1 y empieza una espiral de cierres y aperturas que pone a prueba la salud física y mental del más sano.

Pese a todo llegamos a fin de año y ahora los medios se ocupan del nuevo gran tema: la vacuna. Que no a la vacuna comunista, que quiénes están detrás, que todavía no es segura y que cuántos de ustedes se vacunarían, con encuestas a la orden del día. La eterna división ideológica argentina no murió ni con el Covid y hoy su depositaria es la vacuna, sin hablar del vacunatorio VIP que un par de meses después concentrará toda las luces mediáticas.

Ya pasó un año de aquel anuncio que lo cambió todo y yo sigo con mi relación tóxica con los medios. Sin simbiosis ni separación, hoy me mantengo a una distancia relativa. En plena etapa de vacunación para los grupos de riesgo, consulto todas las noticias para saber cuándo le tocará a mis padres. Trato de informarme sobre otros temas. De picotear un poco sobre cada cosa para no estar en la luna. Pero llego hasta ahí. Si hoy prendo el televisor, me saturo a los pocos minutos. Los programas que antes veía con fruición, hoy se desvanecen en mi mente como especulaciones interminables sobre un tema que nos acompañará por mucho más tiempo del que imaginamos.

Tal vez agoté toda mi concentración en esas primeras semanas de aislamiento. Tal vez tuve una sobredosis y ahora, que estoy en recuperación, debo seguir con la distancia. O tal vez recién ahora caigo en la cuenta de la real importancia que tiene la relación que mantenemos con los medios. Que no son solo un canal informativo. Que por poca atención que les prestemos, mediatizan nuestro contacto con el mundo y construyen marcos de percepción para todo, desde el acto más banal hasta fenómenos tan inabordables como el Coronavirus. Que un día nos magnetizan y nos pegan al televisor y otro día nos repelen. Pero siempre están, visibles o no, para ejercer su influencia. Para entretenernos, formarnos, conectarnos, motivarnos, manipularnos y distraernos. Para decirnos si más tarde saldrá el sol o si mañana, finalmente, nos tocará la vacuna para el virus más odiado.

Graciela Marcet, 21-3-21