18 horas de viaje para un “gracias” eterno: la odisea de un sanjuanino para despedir a Messi

18 horas de viaje para un “gracias” eterno: la odisea de un sanjuanino para despedir a Messi

El martes 6 de octubre, en el Estadio Monumental, la selección argentina se enfrentó a Benín en el que fue el último partido de Lionel Andrés Messi Cuccitini con la albiceleste. Detrás de las grandes pantallas y la fiesta monumental en Buenos Aires, miles de hinchas del interior del país libramos nuestro propio partido contra la distancia. 

Lionel jugó su último partido con la selección Argentina y le dio fin a uno de los capítulos más gloriosos de su carrera. Uno en el que también escribió páginas doradas del fútbol para nuestro país y el mundo, sobre todo desde que se “rompió la pared” en el Maracaná hasta que alcanzó el sueño dorado en el desierto de Qatar.

La pasión no entiende de distancias. Miles de fanáticos del interior hicimos hasta lo que parecía imposible para viajar, aplaudir a uno de los mejores jugadores de la historia y corear un último “Messi… Messi…”.

Nuestro viaje no empezó en la terminal, sino mucho antes, en una eterna y odiosa fila virtual que separaba a miles de fanáticos del tan anhelado partido. Al desafío de los kilómetros, que a quienes vivimos lejos de Buenos Aires suelen ponernos en desventaja para acceder a diferentes tipos de espectáculos, se nos sumaron los retos digitales y por supuesto el económico. 

Los hinchas hicimos de todo para estar el 6 de octubre en el Monumental. En algunas casas montamos una infinidad de dispositivos, todo para conseguir aunque fuera un lugar. Todos ingresábamos, obligadamente, a la plataforma Deportick suplicando no ver el cartel con el famoso “más de una hora” de espera para comprar una entrada. Fueron pocos, muy pocos los que logramos que el tiempo de espera se redujera y menos aún los que efectivamente pudimos conseguir el ticket de ingreso. Un espectáculo para pocos para un ídolo aclamado por multitudes en todo el mundo… 

Luego de una espera de más de dos horas, mi ilusión comenzó a crecer cuando la plataforma me dio la posibilidad de seleccionar los sitios dentro del estadio. Sin embargo, muy pronto se opacó cuando me di cuenta de que los sitios disponibles eran muy pocos y que en el tiempo que tardé en completar los datos de compra las últimas localidades se agotaron. 

Cuando todo parecía perdido y empezaba a aceptar que ver a Lionel en su último partido iba a ser imposible, apareció una opción. Hacía unos días había visto que diarios locales publicaban noticias sobre agencias que ofrecían paquetes para la despedida del 10 y decidí preguntar. La primera respuesta fue que no había más cupos, hasta que una me ofreció la posibilidad de reservar un lugar abonando parte del viaje, pero con la incertidumbre de no saber si el paquete incluiría una entrada: todo dependía de que la empresa conseguiera más entradas. En un acto de pura intuición señé el paquete, en un acto de excepción, casi aislado para quienes vivimos lejos de donde Dios atiende. Finalmente, luego de la espera virtual, de asumir un riesgo económico, la agencia me comunicó que había conseguido la entrada.  

Salimos el lunes 5 de octubre. Desde la terminal, a las 17, partió un colectivo lleno de ilusión por ver “un último tanto”. Por delante teníamos 18 horas de viaje hasta llegar a encontrarnos con el capitán. Más de 1.100 kilómetros separan a nuestra cordillera de la vorágine porteña. Nosotros los recorrimos con una única obsesión en la mochila: llegar a tiempo para presenciar el último partido de Lionel Messi en la Selección Argentina.

Viajar desde San Juan a Buenos Aires no es simplemente trasladarse; menos aún si es por vía terrestre; es una prueba de resistencia al frío de la madrugada en la ruta, a las paradas interminables y al paso cansino de las horas. Pero quienes íbamos en ese colectivo compartíamos la misma certeza silenciosa: el sacrificio valía la pena para ser testigo de la historia.

Así como nosotros, el martes 6 de octubre varios colectivos llegaron desde distintos puntos del país a la ciudad de Buenos Aires. Todos fueron recibidos por la postal típica del lugar: mucho tráfico, bocinas, embotellamientos y el intenso y típico ritmo porteño. 

En el peregrinar hacia el Estadio Monumental ya se podían observar las interminables filas de colectivos, uno detrás de otro, como orugas que cargaban sobre sí el peso de la locura de quienes llegaban ansiosos a ver a su ídolo. Y cada minuto que pasaba parecía ser una piña que nos preparaba para el golpe final que rompería cada pedazo de nuestro corazón. 

Sobre las 16:00, ya estábamos en el Estadio Monumental. A esa hora los accesos ya estaban habilitados para que ingresaran los hinchas, que ya se agolpaban para acceder a las mejores ubicaciones. A medida que los interminables molinos giraban, poco a poco el coloso se transformaba en una especie de teatro, pintado de celeste y blanco. 

Antes de que la gran despedida se concretara, la gente le regaló al capitán una “última previa” con los tradicionales cánticos: desde la obligación imperiosa de saltar para no ser inglés, pasando por la última de Leo y la ilusión de los muchachos hasta el pedido desesperado de la gente para que Lío piense un poco más su decisión. 

Un hecho inusual se dio cuando los jugadores benineses salieron a reconocer el campo de juego y se toparon con un estadio que los abrazaba con un cálido aplauso y que después les solicitaba desaforadamente que se unieran al salto comunitario para demostrar que no son ingleses. 

Tras la típica y sana costumbre de Rodrigo De Paul y Leandro Paredes de comer caramelos en la mitad de la cancha-cábala que sostienen desde la Copa de América de 2021-primero salió el beninés a calentar y luego lo hizo el Dibu Martinez, que recibió una gran ovación por parte de la gente, aunque esta quedaría opacada apenas apareció Messi.

Así llegaron las primeras emociones fuertes de la noche. A modo de aperitivo, el 10 salió a calentar por última vez con las tres estrellas en el pecho. El estadio se derrumbó en cánticos, gritos y ovaciones. La gente hizo temblar el lugar con un “Messi, Messi…” que parecía no tener final, algo así como aquella melodía que sonó en el Estadio Bicentenario en San Juan después de que el 10 dejará al arquero colombiano David Ospina en el piso con un tiro libre magistral.

Y el momento llegó, Leo se metió al vestuario y tras una eterna espera de 15 minutos salió por última vez con la número 10 en la espalda y la cinta del capitán eterno en el brazo izquierdo. Salió al campo con sus compañeros, conscientes de que una vez más tenían una cita con la historia: como en el Maracaná, como en Wembley, como en Qatar, como en el Hard Rock de Miami y como en Los Ángeles en la pasada final del mundo. Ante un Estadio Monumental repleto, Lio se dispuso para cantar por última vez con la selección las estrofas compuestas por Blas Parera y Vicente López Planes.

Tras los himnos de ambos combinados y un show de luces y fuegos artificiales, el capitán argentino se acercó a la mitad de la cancha para recibir  de manos del capitán del conjunto africano una réplica de la estatua de la Amazona de Dahomey y una carta escrita firmada por todo el plantel, con mensajes de admiración por parte de los jugadores.

Con el saque y los arcos sorteados, el árbitro chileno Fernando Véjar dio el pitazo inicial y dio comienzo a la cuenta regresiva. El primer tiempo fue una fiesta, a pesar de que no hubo goles. Cada pelota que tocaba el capitán valía por un aplauso o un “Messi…Messi…”. A pesar de la escasez de goles, el astro argentino estuvo cerca de desatar la locura en varias ocasiones. Dos de ellas pasaron muy cerca de los tres palos y en otra intentó un córner olímpico, el único gol que le falta, pero finalmente la chance terminó en un despeje por parte de Hassane Imourane, número 8 del combinado beninés.

Empezó el segundo tiempo y con él los últimos 45 de Lío en la selección. A los 47 llegó la primera emoción: tras un teledirigido de Messi a la cabeza de Nicolas Otamendi la selección se puso en ventaja. Aunque se trataba de un partido amistoso, el estadio entero se quebró en un grito unánime para abrazar por última vez la magia del referente. Con ese gol, el público selló la certeza de que nadie podrá jamás replicar semejante legado sobre un campo de juego. 

Cuando el reloj pisaba los 93 minutos, con la albiceleste tres puntos arriba de Benín, el árbitro tomó la pelota y como quien conoce las reglas no escritas del fútbol, le preguntó a Lio: “¿Lo termino?” 

Así el encargado de impartir justicia dio el pitazo final entendiendo que como en el barrio, el partido se termina cuando el dueño de la pelota quiere, y de esta manera, la pesadilla de los argentinos se hizo realidad: Messi había jugado su último partido con la selección argentina. 

Tras el silbato final, cuando el público aguardaba el espectáculo de drones para el homenaje al capitán, la proyección de un anuncio publicitario quebró el clima festivo. el “show de drones” encendió la molestia de las tribunas, que respondieron con un abucheo unánime y ensordecedor. 

Luego, el astro argentino se dispuso para realmente darle el tono emotivo que la ocasión precisaba. Dio un mensaje final en el que destacó el peso emocional del vínculo construido con la ciudadanía a lo largo de los años. También reconoció la dificultad institucional y personal que implica su alejamiento definitivo de las canchas. Luego, llegó Soledad Pastorutti con un “Brindis”.

Antes de irse, Lionel no se olvidó de saludar a la gente. Dio una vuelta olímpica más  para que el público se terminara de romper las manos aplaudiendo. Ese aplauso significaba “gracias”, un “gracias” eterno por cada gol, cada pase, cada remate, cada emoción y cada lágrima derramada.

Pocos fuimos quienes tuvimos el privilegio de asistir a la despedida del 10 de la selección. Menos aún fuimos quienes vivimos fuera de Buenos Aires y libramos nuestros propios partidos para ser parte de un momento histórico. Con el pitazo final y las palabras del capitán aún resonando en las tribunas, los colectivos sanjuaninos emprendieron el regreso por Ruta 7. Atrás quedaban más de mil kilómetros de ruta y el agotamiento del viaje. En la memoria de los hinchas sanjuaninos permanecía intacta la emoción; aunque en algunos de nosotros aparecía la pregunta: ¿por qué vivir algo así exige tantos sacrificios para quienes vivimos lejos de Buenos Aires?

Juan Cruz Lucero

One thought on “18 horas de viaje para un “gracias” eterno: la odisea de un sanjuanino para despedir a Messi”

  1. Muy buena nota, abarca todos los puntos importantes de un hecho tan relevante como este. Además, se mantiene atrapado al lector en todo momento.

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