El desafío de independizarse en tiempos de alquiler

El desafío de independizarse en tiempos de alquiler

Para la mayoría de lxs jóvenes dejar la casa familiar ya no depende solo de querer hacerlo. Los bajos ingresos, el costo de los alquileres y la falta de posibilidades, entre otros factores, dificultan que toda una generación pueda sostener económicamente el proyecto de vivir de manera independiente.

Independizarse a los 18 años era una meta posible para generaciones anteriores. En cambio, hoy, para muchxs jóvenes, pareciera ser un momento que cada vez se posterga más, muy a su pesar. Comprar una vivienda parece algo sumamente lejano y el desafío, en general, suele ser mucho más inmediato: conseguir un alquiler y poder mantenerlo mes a mes. Aún así muchxs no llegan a hacerlo. ¿Qué factores dificultan que sanjuaninxs entre los 18 y 35 años puedan irse a vivir solxs?

Para contextualizar lo que sucede en nuestra provincia es necesario tener en cuenta el contexto nacional. Según el informe de Fundación Tejido Urbano publicado en enero de 2026 sobre la situación habitacional de lxs jóvenes adultxs, en Argentina, el 38% de las personas entre 25 y 35 años no logra independizarse e irse del hogar familiar debido a los salarios bajos, un mercado laboral no favorable y los altos costos de los alquileres, que subieron de forma sostenida en los últimos años. Un estimado de 1,8 millones de jóvenes argentinxs, a pesar de trabajar o estudiar, no llega a cubrir los costos que supone independizarse. Entonces, desde ya podemos decir que el factor económico es uno de los principales limitantes para independizarse. 

Según un informe publicado por Cenital en abril de este año, entre quienes todavía viven con sus madres y padres predominan lxs jóvenes que continúan con sus estudios superiores. Algunxs no trabajan mientras que otrxs tienen trabajos de medio tiempo para poder seguir su carrera universitaria. Por supuesto hay excepciones: estudiantes que tuvieron que mudarse de ciudad para estudiar y ya no viven con sus madres y padres pero se sostienen económicamente gracias a ellxs. 

En San Juan el costo de los alquileres también es elevado. Al hacer un rastreo en las publicaciones de Compra en San Juan, podemos ver que la renta de un monoambiente en Capital o Rivadavia oscila entre los $380.000 y los $500.000; mientras que un departamento de dos habitaciones va desde los $450.000 a los $800.000. A esos valores hay que sumarles el costo de los servicios básicos y, en algunos casos, de expensas que rondan entre los $70.000 y $100.000. 

A los precios antes mencionados es necesario sumar otros gastos esenciales para la supervivencia: comida, transporte, vestimenta y educación, entre otros. Estos conceptos están incluidos en la Canasta Básica Total, que según el INDEC tuvo un valor de $519.578,43 en agosto. Entonces, podemos estipular que alguien que intenta independizarse y para ello alquila necesita al menos entre $900.000 y 1.300.000, sin contemplar ahorros, imprevistos y otros gastos que también forman parte de la cotidianidad.

Las barreras para acceder a un alquiler

Para abordar la complejidad del tema es necesario conocer las perspectivas de dos de los sectores involucrados: quienes buscan alquilar y quienes intervienen en el mercado inmobiliario. 

El presidente de la Asociación Civil de Locatarios de San Juan- más conocida como Asociación de Inquilinos de la provincia- Víctor Bazán, explicó que el panorama para quienes alquilan es cada vez más complejo. “Los ingresos son muy bajos en razón de lo que se está solicitando para un alquiler. La realidad de las personas que alquilan siempre fue complicada, pero en el último tiempo se profundizó al no tener una base clara que pueda regular el precio de los alquileres, los tipos de contrato, la duración de los mismos, entre otras cosas, que se modificaron con la derogación de la llamada Ley de alquileres” sostuvo. 

La Ley 27.551, conocida como Ley de Alquileres fue derogada en diciembre de 2023 por el DNU 70/2023. Al no haber una normativa que regule los alquileres, los contratos dependen de los acuerdos que hagan propietarixs e inquilinxs, entre quienes hay una relación de clara desigualdad. Son sobre todo los primeros quienes deciden los requisitos para acceder al alquiler, la duración del contrato, la moneda que lo rige y cómo se realizan las actualizaciones. Esta ausencia estatal explica gran parte de los dificultades que hoy atraviesan lxs jóvenes para acceder a un alquiler y concretar el proyecto de independizarse. 

Según los registros que tienen en la asociación, las personas entre 20 y 35 años que buscan alquiler son, en su mayoría, solterxs o parejas dando sus primeros pasos en la vida compartida. Según Bazán “es casi una exigencia que ambos trabajen para poder solventar los gastos, ya que una sola persona no puede afrontarlos”. 

La imposibilidad de mantener los costos de vida a veces lxs lleva a interrumpir esa independencia construida. “Muchas veces ante las dificultades de poder seguir sosteniendo un alquiler, deciden volverse a casa de los padres o algún familiar, porque no les alcanza” señaló Bazán. Según agregó, esta situación también lleva a que algunxs jóvenes directamente posterguen la decisión de alquilar, debido a que los costos de una vivienda resultan elevados en relación con los ingresos de los primeros empleos. 

Entre las principales dificultades que observa la asociación, Bazán mencionó las actualizaciones del valor del alquiler y, especialmente, los requisitos para acceder a una renta. Según indicó, el tener que demostrar ingresos equivalentes al monto del alquiler multiplicado por tres es una gran dificultad; también el tener que conseguir en muchos casos al menos dos garantes que cumplan con ciertas condiciones. Sobre todo el primer requisito se vuelve difícil de alcanzar en un contexto en el que muchxs jóvenes trabajan de manera informal o de manera independiente. 

En cuanto a lxs garantes, estxs son quienes responden ante el propietario frente a un eventual incumplimiento del contrato, como una falta de pago. Uno de los criterios habituales es que los ingresos de estas personas alcancen, en promedio, el equivalente a tres alquileres. A esto se le suman otras condiciones que pueden reducir el número de candidatxs disponibles para asumir ese rol, como no ser personas deudoras de cuota alimentaria; no tener créditos activos o embargos;  no ser jubiladxs o pensionadxs. Para quienes recién comienzan a buscar una vivienda, la suma de estos requisitos puede transformar la búsqueda de un alquiler en un proceso que excede la capacidad de pago mensual: también implica demostrar ingresos, reunir documentación y contar con una red de personas que pueda respaldar el contrato.

Desde el sector inmobiliario, Mauricio Turell, martillero y socio fundador de la Cámara Inmobiliaria de San Juan, señaló que el movimiento de jóvenes de entre 20 y 30 años que buscan independizarse comenzó a crecer con mayor fuerza en la provincia desde fines de la década de 2010, aproximadamente.

Turell explicó que quienes buscan alquiler dentro de ese rango etario suelen ser estudiantes universitarixs, que demandan específicamente inmuebles pequeños, monoambientes o de una habitación, ya que estos tienen precios más accesibles. Sin embargo, muchas veces vivir solos no es la primera alternativa. “Lxs estudiantes que viven solos son los menos. Muchas veces tratan de irse a vivir con hermanxs, amigxs o compañerxs”, comentó. Según el martillero, una parte de estos estudiantes llegan a la ciudad desde departamentos alejados del Gran San Juan u otras provincias y cuentan con el respaldo económico de sus familias. En esos casos,  padres y madres suelen hacerse cargo de gran parte de los gastos vinculados al alquiler y los servicios. 

Tanto Bazán como Turell coinciden en un punto: para lxs jóvenes que buscan alquilar, demostrar solvencia económica puede convertirse en una de las principales barreras de acceso.

La realidad detrás de los números

Las experiencias de lxs jóvenes a la hora de definir dónde y cómo vivir son diversas. Ninguna es completamente igual, porque son muchos los factores que están involucrados, por eso hablamos con varixs jóvenes para conocer sus realidades. Entre los testimonios se repite el factor que los informes dejan en evidencia: la situación económica condiciona las posibilidades de independizarse, desde el lugar elegido hasta la necesidad de compartir los gastos con una pareja, amigxs o familiares. El tener un título universitario y un trabajo registrado ya no garantizan, por sí solos, la posibilidad de vivir de manera independiente. Para quienes todavía estudian, la situación puede ser aún más compleja: en muchos casos, sus ingresos provienen de trabajos no registrados, independientes o de empleos que no alcanzan para cubrir el costo de lo que implica una vivienda.

Entre quienes lograron independizarse se encuentran Mariana (29), docente de nivel primario, y Julieta (29), docente de nivel inicial. Las dos trabajan en más de una institución, es decir, trabajan jornadas de doble turno. Tienen hijos, conviven con sus parejas y alquilan. Julieta contó: “me está costando mucho llegar a fin de mes. Los servicios aumentaron bastante -por ejemplo el gas- y si no fuera porque tengo a mi lado una persona que también aporta, sería imposible. Si estuviera totalmente sola como lo he estado siempre, no sé cómo haría”. Ella recalca que, además de los servicios, “cada vez está más difícil llegar a fin de mes por los gastos propios que uno tiene, sube mucho el alquiler y sube poco el sueldo. Me encantaría no tener que tener dos trabajos para poder sustentar mi casa”. Las jóvenes concuerdan en que sería muy bueno tener una vivienda propia pero que lo ven lejano ya que los montos son muy altos y que “no se puede estar pagando un alquiler y a la vez ahorrando para comprar algo”.

Sabrina (27) es profesora de Inglés en nivel inicial y universitario, también trabaja doble turno y en varias instituciones, pero su situación es muy diferente. Ella continúa viviendo con su madre, padre y hermanxs. En su hogar, los gastos se distribuyen entre quienes conviven allí y contó “todavía no puedo mudarme sola por motivos económicos, con mis sueldos no me alcanza para cubrir mis gastos”.

Una situación similar a las anteriores es la que atraviesan Gisel (33) y Guadalupe (27), también profesionales recibidas y con trabajos registrados. Guadalupe vive con su pareja, mientras que Gisel comparte vivienda con amigxs. En ambos casos, dividir los gastos de alquiler y servicios resulta fundamental para poder sostener sus vidas cotidianas. Vivir solas, aseguran, no sería económicamente viable. Guadalupe expresó: “yo soy muy consciente de que estoy en una posición de privilegio porque somos dos adultos independientes con sueldos que superan la mínima y no tenemos hijos. También por el hecho de no pagar alquiler ya que vivimos en un departamento de mi familia, entonces es un poco más fácil, pero bueno, hay muchos gastos que igual sí se hacen. Podríamos alquilar pero con menos lujos”.

La independencia no siempre es un camino de ida. Waddo (29) y Samira (31) tuvieron que regresar al hogar familiar después de haber vivido de manera independiente. Son estudiantes y trabajaron desde muy chicas y lograron irse a vivir solxs, pero al quedarse sin trabajo dejaron de poder afrontar los gastos que implicaba mantener una casa. Sus experiencias muestran que, para algunxs jóvenes, independizarse no significa necesariamente alcanzar una situación estable, sino que puede interrumpirse cuando los ingresos dejan de ser suficientes ante una realidad económica tan cambiante.

En el otro extremo aparece la realidad de quienes se independizan a edades más tempranas, entre los 18 y los 23 años, pero cuya autonomía económica depende directamente de sus familias. Agustina (20) y Lucas (19), son dos ejemplos. Ambos debieron mudarse lejos de sus hogares para poder estudiar en la universidad y actualmente viven solos, pero son sus madres y padres quienes cubren el 100% de los gastos de alquiler y servicios que les permiten continuar con sus estudios.

Detrás de estas distintas experiencias aparece una misma pregunta: ¿qué significa realmente independizarse cuando los ingresos no alcanzan para sostener una vivienda? La realidad muestra que no depende únicamente de las ganas de hacerlo. Para muchxs implica compartir gastos, recibir ayuda de la familia, tener más de un trabajo o, incluso, volver al hogar familiar cuando los ingresos dejan de alcanzar. La posibilidad de construir una vida autónoma queda condicionada por una realidad económica que excede las ganas individuales. En ese contexto, el rol del Estado debería ser no solo establecer las reglas de los contratos, sino también generar condiciones que permitan hacer efectivo el derecho a una vivienda, especialmente para quienes tienen mayores dificultades económicas. Quizás el desafío actual sea dejar de pensar la independencia como un logro que lxs jóvenes deben alcanzar por sus propios medios y empezar a discutir qué condiciones hacen posible una vida digna y autónoma, porque tener un hogar propio no debería ser un privilegio reservado para quienes pueden pagarlo, sino una posibilidad real para quienes buscan construir su propio proyecto de vida.

Nadia Casivar

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