Masculinidades desobedientes
La desobediencia,
a los ojos de cualquiera que haya leído la historia,
es la virtud original del ser humano.
(Oscar Wilde)
Esta columna podría comenzar mencionando las hermosas postales que nos dejó el último mundial de fútbol: jóvenes varones demostrando afecto a sus compañeros, un director técnico que expresa con naturalidad sus emociones, una forma de liderazgo más horizontal, jugadores integrando a sus parejas, hijos e hijas en la celebración, y la memorable reivindicación del amor por las Hermanas Pequeñas del Sur. También podría comenzar diciendo que en 2025 hubo 262 femicidios registrados en Argentina y que entre el 1 de enero y el 31 de julio de este año, ya sucedieron 147, fruto de lo cual al menos 145 niños, niñas o adolescentes quedaron huérfanos (Observatorio “Ahora que sí nos ven”).
El cuidado de la vida que hace posible la historia se presenta hoy como una tarea irrenunciable, decisiva, toda vez que las existencias humanas están siendo acechadas de muchas maneras y con una crueldad inusitada. En la voracidad por la acumulación y en la pulsión por convertirlo todo en un “consumible”, estamos fallando en la tarea fundamental de sostener el buen vivir sobre la tierra.
Pero gracias a que las mujeres se juntaron a hablar –y a activar– sobre lo que las hace sufrir, hemos podido imaginar vidas más libres, más estables, más felices. En este sentido, la “cuestión de la masculinidad” es ineludible: ocuparnos del cese de la violencia no es algo que podamos demorar. No siendo la violencia el único rasgo de la masculinidad, sí se presenta como su principal efecto nocivo. Tenemos que insistir en las preguntas sobre la violencia y su remedio, el cuidado.
Se propone aquí reflexionar sobre los varones que nos han enseñado a ser y sobre qué hacemos nosotros con eso. La noción de desobediencia y la mirada crítica sobre la llamada “cofradía de varones” pueden funcionar como ingreso a esta discusión urgente
Desobediencia a los mandatos que nos hacen sufrir
En la mente de cada varón hay una voz que suena fuerte, que obliga a escuchar. Y a obedecer. Es el canon de la masculinidad y sus mandatos esenciales: desentendimiento del cuidado y sus lenguajes, mudez emocional, demostración de fuerza e invulnerabilidad.
Desobediencia es no prestar oído, es no responder a algo que se pretende debido e imposible de no seguir. El costo de no someterse podría ser la disminución o pérdida de aquello que los varones disfrutamos en tanto que privilegios, eso de lo que disponemos desentendiéndonos del derecho de otros y otras a disfrutarlo a su vez. Pero desobedecer, en el sentido de buscar formas más congruentes con la misión de hacer prosperar la vida, también trae consigo la experiencia de la libertad y de la liberación. Es sacarnos el lastre que nos hace empequeñecer, quitarnos el peso de los mandatos que nos restringen.
Constatar que tenemos algo que ver con la violencia puede (¿debe?) provocar desazón. Hay quienes eligen recluirse, quedar encerrados en el espacio que se les ha sido asignado para ser varones, o incluso, como pasa, se internan en la jungla mental en la que sólo subsiste el más fuerte. Y hay quienes, no sin tensiones, buscan moverse hacia adelante, haciéndole lugar a la incomodidad, a la desorientación. ¿Cómo seguir habitando una masculinidad que tantas veces juega en la cancha de la violencia, la descalificación y el aislamiento?
Una de las líneas más filosas del mandato de masculinidad dice que debemos forjar nuestro propio destino, y que debemos hacerlo en soledad, sin depender de nadie, a fin de exhibir nuestro valor como hombres. Quizás sea el momento de desoír ese mandato primigenio y desplazarnos a través de la duda, de la incertidumbre; quizás sea necesario juntarnos a conversar y a profundizar nuestra desorientación.
La valentía de sacarle cuerpo al patriarcado
Hay una cuestión que, afortunadamente, aparece en las reuniones de varones que cuestionan su masculinidad: cómo comportarse cuando estamos con otros varones y emergen los signos del machismo, fundamentalmente en expresiones misóginas y homofóbicas. No hay recetas. Estamos construyendo salidas posibles**
La desobediencia a la que hacíamos referencia más arriba tiene una resonancia interna y personal, su escenario es la mente que revisa principios, se cuestiona y busca referentes más vitales. Pero hay una instancia externa, compartida, donde se actúan los mandatos de la masculinidad: el grupo de hombres. Somos los varones quienes vigilamos, cuestionamos y corroboramos el cumplimiento o no de lo que se espera de nosotros. Sancionamos con el silencio o el sarcasmo a quienes se desvían del mandato y, entre chiste y chiste, naturalizamos la humillación como forma de procesar lo diferente.
Las situaciones en las que habitan sólo varones podrían ser excelentes ocasiones para abrir conversaciones francas y jugadas sobre qué rol vamos a jugar en la construcción de la igualdad. Sin solemnidad, pero con decisión, sin moralismos, pero con un fuerte sentido ético, hay que poder decir “basta”, expresar el desacuerdo. Sacar el cuerpo. Con valentía.
Pertenecer no tendría que costarnos hacernos los giles.
Desobedecer, en tiempos en los que todo parece funcionar fuera de su quicio, podría ser la clave de una nueva y valiente cordura.
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* Jorge Baletti es Mg. en Psicoterapia Sistémica pero se considera un “mestizo disciplinar” ya que sus trayectorias son muy variadas. Pertenece al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Instituto de Investigaciones Socioeconómicas (IISE). Facultad de Ciencias Sociales. Universidad Nacional de San Juan.
** En la Facultad de Filosofía de la UNSJ funciona el grupo “Masculinidades en movimiento”, un espacio horizontal para reflexionar sobre nuestro ser varones desde una perspectiva de género, crítica y de derechos humanos. Si estás interesado en esta temática, comunicate al 264 5329450 (Gaspar) o al 264 4989280 (Jorge).
*** La imagen de portada pertenece a la «La Segunda Generación», una propuesta artística del creador visual español Manuel Antonio Domínguez.

