Vidas en papel: memorias, legajos, secuestros y muerte en la comunidad universitaria de San Juan

Vidas en papel: memorias, legajos, secuestros y muerte en la comunidad universitaria de San Juan

Carolina Scadding tenía 3 años cuando desapareció su papá; esa misma edad tenía Rosario Puente Olivera cuando con un día de diferencia secuestraron a su papá primero y a su mamá después. Alfredo Russo había cumplido 23 años cuando buscó con su mamá a su hermano Daniel, dos años menor, sin saber que le habían disparado. Natacha Cruz no conoció a su prima Maruja.

Sus historias son las de muchas familias en la Argentina. Tienen en común un hermano, un padre, una madre, un tío, una prima, un hijo, un marido detenido, desaparecido o asesinado por el Estado durante los años de la dictadura cívico militar que, a través de la figura del “subversivo” y del “terrorista”, definió el peligro que se debía expulsar y exterminar.

Todos ellos tienen algo más en común: José Rolando Scadding, Rafael Olivera, Nora Rodríguez, Daniel Russo y María Luisa Alvarado trabajaban, estudiaban o habían egresado de la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ). Eran parte de su comunidad, pasaron años de sus vidas en relación a esta institución. Ellos y ellas solo son cinco de las 30 personas cuyos legajos la UNSJ reparó y entregó a sus familias, amigos y amigas.

Un atado de papeles 

Agrupación ordenada de papeles, expediente individual que contiene información detallada sobre el empleado, desde su ingreso hasta su desvinculación con una empresa o institución; registro documental con información personal de cada alumno donde constan trámites, inscripciones, exámenes; atado de papeles. Esas son las definiciones de “legajo” en nuestro país. Tan común es, que hay carpetas diseñadas específicamente para contenerlos y hasta cajoneras donde quedan ordenados y accesibles. Si pasamos por una institución, hay o hubo un legajo nuestro. Incluso si nos asesinan o secuestran. Aunque a veces también, en un exceso de prolijidad, hay legajos desaparecidos. 

El legajo de José Rolando Scadding tiene dos documentos: su designación interina como nodocente de la UNSJ a partir del 16 de junio de 1974, como personal Clase E, Categoría VIII; y una planilla de liquidación de sueldos de enero de 1976 que muestra, en una columna, su firma. Ese es hoy su legajo reparado, que sumó a esos dos documentos rescatados de algún archivo, una breve memoria que habla de quién fue este trabajador de la Imprenta Universitaria y una resolución de la UNSJ que deja constancia que José Rolando fue víctima de desaparición forzada.El 10 de diciembre pasado, en un acto al que quienes asistieron coinciden en calificar como sumamente emotivo, la Universidad Nacional de San Juan entregó, a familiares y amigos, los legajos reparados de 30 personas que fueron asesinadas o desaparecidas de manera forzada por acción del terrorismo de Estado. Todas ellas habían sido parte de esta casa de estudios. “Fue un regalo de la universidad, como el Bosque de la Memoria; es muy emocionante que haya gente que se preocupe por hacer esto”, dice Carolina Scadding, la segunda hija de José, que no recuerda a su papá, porque tenía 3 años cuando lo secuestraron, el 23 de octubre de 1976, en el momento en que fue a la casa de su compañero Florentino Arias, a avisar a la esposa que un grupo de militares se lo había llevado de la imprenta donde trabajaban. Carolina, de 3, su hermana de 4 años y su hermanita de 3 meses quedaron con su mamá y crecieron gracias a la ayuda de sus abuelos. En la escuela eran “las chicas del papá desaparecido”. “En el acto de entrega de legajos conocí gente que pasó por lo mismo”, cuenta Carolina, quien leyendo un testimonio que hoy forma parte de ese legajo se enteró que su papá -de quien no se conocía militancia- iba cada tanto a la Plaza de Desamparados a conversar de política con amigos. Después de la desaparición de José Rolando nunca más sus familiares supieron de él.

José Rolando Scadding el día de su casamiento con Susana Fernández.

Hacer memoria

“Es como ver lo cotidiano, como que querés recuperar lo que sea, aunque sea un mini papel”. Lo dice Rosario Puente Olivera, que tampoco recuerda a su papá ni a su mamá. Rafael Olivera y Nora Rodríguez eran sociólogos, ambos se habían recibido en Buenos Aires, en la Universidad Católica Argentina. Trabajaban desde abril de 1972 como docentes en las carreras de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Provincial Sarmiento, que en 1973 sería la Facultad de Ciencias Sociales de la UNSJ.

Lo cotidiano dentro del legajo reconstruido de Nora Ercilia Rodríguez de Olivera dice, por ejemplo, que el miércoles 23 de mayo de 1973 tomó examen de “Metodología y Técnica de la Investigación Social I y II”. Su esposo, Rafael Olivera, tenía que ir los sábados a la mañana a la facultad para presidir la mesa de “Sociología Argentina II”. Mientras para reparar el legajo de Nora solo se encontraron, por ahora, actas de exámenes o una resolución de constitución de tribunales, el legajo reconstruido de Rafael es muy completo. Contiene, además de actas de exámenes, otra documentación que da cuenta de algunas de sus tareas como director del Departamento de Sociología de la Universidad Provincial Sarmiento, entre ellas su participación en la comisión que planificó y organizó la transición a la UNSJ en 1973. Mezclados con los papeles universitarios hay constancias de trámites, por ejemplo, por el salario familiar de sus dos primeras hijas o el nacimiento la tercera, María del Rosario. El papel más actual es un acta de examen de marzo de 1975. Después de ser expulsados de la universidad y para protegerse, Rafael, Nora y sus ya cuatro hijitas se fueron a Mendoza, donde vivieron en la clandestinidad hasta que en 1976, Rafael un día y Nora al siguiente, fueron secuestrados.

Nora Rodríguez y Rafael Olivera con sus cuatro hijas, poco tiempo antes de ser secuestrados en Mendoza.

El Proyecto de Memoria: Reparación de Legajos de Estudiantes, Graduados, Docentes y Nodocentes de la UNSJ fue iniciativa de la Secretaría de Extensión de esta casa de estudios, a través de su Programa de Derechos Humanos. Con antecedentes en tareas similares realizadas en otras universidades argentinas, el proceso busca “profundizar la reconstrucción y reparación de la memoria que interpela y disputa el sentido sobre el pasado reciente, indagar sobre los efectos del genocidio y recuperar las identidades y trayectorias vitales” de personas que integraron la comunidad académica. El uso del presente no es casual: “todo trabajo que tiene que ver con las víctimas de terrorismo de Estado se hace sabiendo que puede haber más personas que fueron víctimas entre quienes transitaron por alguno de los espacios de la UNSJ. Esa tarea siempre está abierta”, explica Jimena Sancho, responsable del Programa de DDHH, quien coordinó el equipo de nueve nodocentes y dos becarias que realizó durante ocho meses el trabajo de búsqueda y reconstrucción.

Soporte material, reparación simbólica

El único 10 que Daniel Russo se sacó como estudiante de la Escuela Industrial fue en “Historia Universal”, una materia que rindió tres veces y aprobó como previa, en primer año, cuarta división. Daniel era, según pudo ver su hermano en las libretas que están ahora resguardadas en el legajo reparado, “un estudiante medio”. “Para mi familia recibir ese legajo fue un acto reparador, porque de alguna manera se puede materializar la vida de un chico que pasó por la universidad en momentos de movilización política, de militancia”, dice Alfredo Russo.

El legajo reparado de su hermano Daniel tiene sus notas de primero a sexto año de la Escuela Industrial Domingo F. Sarmiento, donde había elegido la orientación Química. “Era su vida y era una vida paralela a la de la militancia, incluso con compañeros de la escuela. Daniel estaba en la Juventud Peronista en esa época”. 

Este no es el único legajo que tiene hoy la familia de Daniel Russo. También tienen copia del legajo policial, que cuenta la historia “dibujada” de un “enfrentamiento” que ningún testigo pudo certificar. Daniel murió en el hospital días después de que las “fuerzas de seguridad” le dispararan por la espalda cuando escapaba de ellos, luego de recuperar la bicicleta de su amiga, Marie Anne Erize, secuestrada el día antes en la puerta de la bicicletería Palacios, en Trinidad.

“Uno podría decir que con el tiempo que ha pasado, puede no ser importante recibir algo como un legajo escolar o algo administrativo, pero conmueve muchísimo”, explica Alfredo Russo.  El legajo reparado que la UNSJ entregó en diciembre pasado contiene la documentación que el equipo de trabajo -que previamente se preparó en un taller con especialistas en el tema de la Universidad Nacional de La Plata- encontró para cada persona luego de revisar los archivos de todas las unidades académicas y administrativas. En cada carpeta preparada para entregar a los familiares se sumó a lo encontrado una copia de la Resolución N°3412 de 2024 en la que se inscribe oficialmente, para cada persona, las verdaderas razones -desaparición forzada o asesinato- por las que interrumpieron sus trayectorias estudiantiles y/o laborales.

Daniel Russo se recibió de Técnico Químico en la Escuela Industrial Domingo F. Sarmiento. Cuenta su hermano que alcanzó a trabajar un tiempo en una fábrica de aceite de oliva.

Papeles que reparan, actos que sanan

El 22 de septiembre de 1976 los docentes que integraban el tribunal de examen de la asignatura “Introducción a la Sociología” firmaron y entregaron la planilla. Antes, en el casillero correspondiente a la alumna María Luisa Alvarado Cruz, colocaron la palabra Ausente. Verdaderamente lo estaba o lo estaría en todos los sentidos. En esa fecha María Luisa, Maruja, “la peruana”, estaba viviendo en Mendoza, muy deprimida por la muerte de su compañero Andrés Portillo, albergada por su amigo Juan Gutiérrez en la casa familiar. Una semana después, para la fecha de su cumpleaños, fue secuestrada de la parada de colectivo de calles Perito Moreno y Estrada. Juan, que salió a buscarla al día siguiente, también desapareció. De María Luisa se sabe que estuvo en el Centro Clandestino de Detención “La Marquesita”, en nuestra provincia.

Lo que el legajo de María Luisa nos cuenta es que estaba en ese entonces entre primero y segundo año de la carrera de Sociología. Su prima hermana, Natacha Cruz, que conoció la historia muchos años después, incluso siendo ella estudiante universitaria, dice que primero o simultáneamente cursó Ciencias Políticas. Nacida en Trujillo, ciudad de la costa norte peruana, vino a San Juan a estudiar, ante la posibilidad de vivir con un tío, hermano de su madre, que había egresado de Ingeniería en la UNSJ y ya recibido trabajaba en San Juan y La Rioja. Cuando Natacha Cruz nació, hacía tres años que su prima hermana había desaparecido, “la veía en algunas fotos familiares, pero me decían que era una tía de Perú”. “La nube negra” que Natacha describe que había sobre su familia empezó a despejarse cuando sus padres le contaron la historia para explicar por qué tenían tanto miedo de su militancia universitaria en Córdoba.

María Luisa Alvarado Cruz. “Era muy linda, se arreglaba un montón a pesar de que no tenía un peso para comprarse ropa ni para nada”, cuenta su prima Natacha Cruz.

“El enojo se tiene que transformar en otra cosa, en un trabajo como este que hizo la universidad”, dice Natacha Cruz, que el 10 de diciembre pasado fue quien, en el acto realizado en el Rectorado de la UNSJ, recibió el legajo reparado de su prima María Luisa. También usó la palabra “sanar”.

En la UNSJ, al igual que viene sucediendo en otras casas de estudios, el acto en el que familiares, compañeros y compañeras de militancia o amistades recibieron los legajos reparados, fue de una gran emotividad. “Justicia”, “sanación”, “emoción” son las palabras que usan quienes participaron del momento. Para algunos y algunas también implicó encontrarse con una foto que no habían visto, con la firma que no conocían, con un dato perdido que nadie les había contado. También fue un encuentro entre quienes comparten la militancia en la búsqueda de verdad, memoria y justicia. La reparación sintetiza de alguna manera el reconocimiento institucional de su dolor.

Familiares, amigos, amigas, compañeros y compañeras que recibieron de manos de las autoridades de la UNSJ los legajos reparados.

Presentes, ahora y siempre

A José Scadding le decían “el gordo”. Muy jovencito había entrado como aprendiz a los talleres del Diario Tribuna. Ahí junto con Florentino Arias y Luis Héctor Biltes, llegó a linotipista. Los tres se hicieron muy amigos y después trabajaron juntos en la imprenta de la UNSJ. Biltes, el único sobreviviente, cuenta: “Los dos eran alegres, el gordo era muy chistoso, muy gracioso”, “Lo que más recuerdo de ambos es la risa. Y la inteligencia de los dos. La integridad moral, la decencia, trabajar horas extras gratis en beneficio exclusivo de los alumnos y los profesores de la universidad, eso no lo he visto hacer nunca a nadie”. Carolina conversó con Biltes en el acto de entrega de legajos reparados y quedaron de volver a verse, para hablar de José sobre el que Carolina sabe solo lo que le contó su mamá: que las llevaba a ella y sus hermanas en la bicicleta, que le gustaba el fútbol, que tenía un citroen, que era muy bromista…

Amigos y amigas de Nora Ercilia Rodríguez y Rafael Olivera los recuerdan como “modelos de lucha, generosidad, honestidad, sencillez y entrega hacia los demás”. Además de trabajar en la carrera de Sociología de la entonces Universidad Sarmiento desde que llegaron a vivir a San Juan en 1972, ambos militaron en la Juventud Peronista y en Montoneros. También se integraron en grupos que ayudaban en barrios carenciados y participaron activamente en la vida parroquial de la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe. Ambos eran católicos practicantes. Para Rosario, que tenía 3 años cuando los secuestraron, ver lo que contiene el legajo o escuchar de sus padres es tener “la sensación de que vivieron”, “ver que tuvieron una vida”. Con sus hermanas -que tenían 5 y 4 años las dos mayores y meses la más pequeña cuando secuestraron a sus padres- siempre supieron la verdad, aunque por supuesto “había silencios”. Crecieron en Mendoza con la familia de una tía, que las adoptó y donde al principio, Rosario confiesa que esperaba que sus padres volvieran. En 2006 y en 2011 vino a San Juan, con motivo de los juicios, y conoció a ex compañeros de sus padres.

De Daniel Russo se sabe que junto a compañeras y compañeros de militancia, entre ellos Marie Anne Erize, trabajaba en barrios de Villa del Carril ayudando a los vecinos, por ejemplo a organizarse para hacer compras comunitarias. “Todos sus amigos dicen que era muy amigo de sus amigos, extremadamente cariñoso, muy compañero, muy compinche, tenía una relación con mi madre muy muy cercana, como hijo menor”, cuenta Alfredo. Lo describen como una persona generosa que compartía absolutamente todo lo que tenía; era un fumador empedernido que compartía los cigarrillos y la poca plata que tenía en el bolsillo. Era leal y generoso.

A María Luisa Alvarado, Maruja, “La Peruana”, le gustaba la música. Algunos recuerdan que eran sus discos los que se escuchaban en algunas juntadas. Militaba en la Juventud Universitaria Peronista, e incluso luego de vivir un tiempo en lo de su tío, empezó a compartir casas o residencias con compañeras de militancia. “De María Luisa también dicen que tenía una risa muy característica, muy contagiosa”, dice Natacha Cruz, quien fue a Trujillo y le contó todo lo que había podido reconstruir, a la mamá de Maruja, que durante años esperó que su hija volviera.

Gran parte de estos datos están en las memorias que, como aporte, están incorporadas en cada uno de los legajos reparados, a modo de breve biografía.

El equipo de trabajo del Proyecto de Reparación de Legajos de la UNSJ hizo un trabajo enorme, no exento de dificultades: registros solo en papel, algunos manuscritos; archivos con distintos criterios de organización y preservación, la burocracia de hace décadas plasmada en recorridos no siempre claros, años en los que hubo importantes cambios institucionales. El listado de las 30 personas cuyos legajos se repararon y copias de los cuales fueron entregadas se logró a partir del listado del Bosque de la Memoria de la UNSJ y la nómina actualizada de personas víctimas del terrorismo de Estado vinculadas a la provincia de San Juan que se construye desde el Programa de Memorias Locales, una iniciativa en la que la universidad trabaja con organismos de DDHH de la provincia.

Parte del equipo de trabajo que durante 8 meses buscó, analizó y reconstruyó documentación de archivos de la UNSJ.

Lo que falta

Las universidades fueron víctimas y también victimarias de una política de exterminio que no solo asesinó o desapareció personas; también dejó a muchas sin trabajo, restringió o modificó contenidos, limitó la matrícula y el acceso a la educación. “La reconstrucción física de los legajos permite la reparación simbólica como acto de responsabilidad de quien repara, repolitizando el concepto de genocidio”, expresa Guadalupe Godoy (2024), de la Universidad Nacional de La Plata.

En el marco de los trabajos de Memoria, Verdad y Justicia queda trabajo de reparación por hacer. Parte de la tarea se enfoca en aquellas personas que fueron exoneradas, echadas o suspendidas de la universidad durante la dictadura. Jimena Sancho explica que, si bien la UNSJ hizo un proceso de reparación y de revinculación laboral y estudiantil con algunas personas, ese tema requiere de una investigación particular que todavía no está hecha.  

El día del acto de entrega de los legajos la titular de la Secretaría de Extensión Universitaria de la UNSJ, Laura Garcés, dijo: “Es un día histórico, de mucho compromiso y de amor por una generación que fue diezmada y que tenía el ideal de una sociedad más justa por la que nosotros también luchamos”. El mensaje de esta política universitaria es el de la conciencia de un pasado constitutivo del presente. Tal vez así podamos dejar de entender a la dictadura como un paréntesis de excepción en el pasado y aceptemos el grado en el que la sociedad de los desaparecidos se continúa en la de hoy. El desafío es, entonces, honrar el recuerdo asumiendo que la tragedia fue posible debido a características que -como estamos viviendo en estos días- continúan hoy.

Fuentes consultadas:

  • ALGAÑARAZ SORIA, VICTOR HUGO (2015). Los rectores de la Universidad Nacional de San Juan durante la última dictadura militar: política y accionar entre 1976-1983. XI Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.
  • CAMUS, ELOY (2009). Historia de víctimas del terrorismo de Estado. San Juan. Argentina. Editorial Fundación Universidad Nacional de San Juan
  • CASAS, JOSÉ Y ALGAÑARAZ SORIA, VICTOR (2011) Memorias de otro territorio. Genocidio y control social. La dictadura en San Juan. Editorial Fundación Universidad Nacional de San Juan
  • GODOY, GUADALUPE (2024) Aportes del proceso de reparación de legajos en la UNLP a la construcción de una memoria del genocidio. Revista del IICE 55 (Enero-Junio, 2024): 81-93

2 comentarios en «Vidas en papel: memorias, legajos, secuestros y muerte en la comunidad universitaria de San Juan»

  1. Excelente síntesis de una parte de la historia ocultada por miedo, impotencia o complicidad de autoridades cómplices de distintas épocas.
    El acto de entrega de documentación aludida fué profundamente emotiva, conmocionante, dió visibilidad a «militantes» comprometidos con la justicia social para nuestro Pueblo.
    Felicito al equipo que trabajó en esta restauración de «vidas» que Ahora y Siempre deben acompañar nuestros ideales de MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.

  2. Agradezco a todo el equipo de Catalejo por la iniciativa de presentar y difundir los legajos de nuestros familiares desaparecidos y asesinados en la última dictadura cívico miltar. Me siguen conmoviendo estas acciones reparadoras, a pesar del tiempo, que mantienen viva la consigna de Memoria, Verdad y Justicia. Es hermoso advertir que los familiares que pudimos participar coincidimos y valoramos la circunstancia de mostrar con elementos materiales que «tuvieron una vida». GRACIAS

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